Un duende con un ataúd, ¿un presagio de muerte?

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En los bosque de las grandes mansiones se hablaba de los duendes y sus malos presagios

Es la madrugada del 27 de enero de 1883, Lord Frederick Dufferin, eminente diplomático inglés, quien pasa algunos días como invitado en la mansión campestre de un amigo irlandés, despierta sobresaltado, tras beber un poco de agua, se levanta para acercarse al ventanal de la habitación que da hacia un amplio jardín, mientras observa el paisaje nocturno, mira algo curioso.

Entre unos arbustos, en el extremo derecho del parque, ha emergido una figura humana, que a la pálida luz de la luna llena comprueba que es la de un hombre, bajo y corpulento, con enorme joroba, no camina de frente sino en forma sesgada, lateral, como lo hacen los cangrejos, y para asombro del Lord Dufferin, lleva a cuestas un pesado ataúd.

Justo cuando el jorobado cruza frente a su ventana se detiene, y colocando esa urna en el suelo de hierba, mira en forma insolente a Dufferin, este saliendo de su asombro reacciona, y rápidamente va hacia la mesa de noche para tomar de allí su revólver, después abriendo el ventanal, le pregunta con dureza, ¿quién es?, ¿qué hace a esa hora con un ataúd?.

Viendo una situación que lo impresionaría y dejaría huella

El pequeño ser, con el rostro contraído en una mueca de recóndita malicia, no deja de mirarlo, y por toda respuesta, comienza a levantar la tapa de aquel catafalco, aun cuando le es imposible ver lo que hay dentro, Lord Dufferin siente como le invade un extraño desasosiego, un temor atávico, y sin poder moverse para disparar, contempla como el jorobado alza nuevamente el ataúd, y reanudando su grotesco andar, desaparece con su macabra carga por el otro extremo del jardín.

Fue tal la impresión de aquel extraño encuentro de medianoche, que Lord Dufferin no pudo volver a dormir, y muy temprano al día siguiente relató a su anfitrión lo sucedido, este tras convocar de inmediato a la servidumbre para indagar, ¡… cómo era posible!, que algún extraño hubiese invadido los jardines de a residencia, y que los mastines, que de noche eran liberados precisamente para vigilar y atacar a cualquier intruso, no hubiesen reaccionado.

Pero nadie vio o sintió nada anormal, y el dueño de casa llegó a la conclusión de que su amigo Lord Dufferin, quizás había sufrido alguna pesadilla, tan vivida que le había parecido realidad, el inglés no quiso insistir como buen diplomático que era, pero sabía muy bien que no era un sueño lo ocurrido en la madrugada.

El asombroso que no lo dejo continuar, salvo su vida

París febrero de 1893, diez años después de aquella extraña experiencia, Lord Dufferin asiste como delegado británico a un encuentro diplomático internacional, que se está celebrando en el gran hotel de la ciudad luz.

Cuando el, y dos secretarios que lo acompañaban estaban a punto de entrar en un ascensor, Dufferin se detiene en seco, pálido como la muerte y ante el asombro de sus acompañantes, retrocede varios pasos, dejando que las puertas del ascensor se cierren para subir sin ellos.

De inmediato, exige dirigirse a la recepción del hotel, para indagar acerca de la identidad del empleado que operaba el ascensor, pues era el mismo jorobado de rostro maligno que había visto cargando un ataúd diez años antes.

Pero no han andado más que unos pasos, cuando se escuchó un estruendo aterrador, ha ocurrido, que justo cuando ese elevador alcanzaba la quinta planta, los cables que sustentaban la cabina se rompieron, haciendo que esta cayese y todos sus ocupantes murieran al estrellarse en caída libre contra el suelo del sótano.

Tan inesperado accidente, como sus curiosas circunstancias, fueron ampliamente reseñados por la prensa europea de la epoca, ya que posteriores indagaciones de las compañías de seguros del hotel, nunca pudieron establecer la identidad de aquel personaje jorobado, que, a última hora había sustituido al operador de guardia en aquel ascensor del gran hotel de parís.

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