La Leyenda de la Hidra del Orne

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La iglesia de Villedieu-les-Roches (el nombre de Villedieu-lès-Bailleul se le dio al municipio en homenaje al Señor de Bailleul, es una población francesa, situada en la región de Baja Normandía, departamento de Orne) está construida sobre una elevación de rocas negras y grisáceas; una pequeña brecha, de unos treinta brazas de ancho por ciento cincuenta metros de largo.

Parte de la iglesia se extiende en dirección a Coulonces y Bailleul, bordeada por enormes masas de granito que se elevan por encima de sus desiguales cabezas. Cerca de estas rocas hay una especie de cueva cuya entrada ha sido estrechada por el trabajo del tiempo o por manos humanas.

Según la leyenda, una serpiente vivía en esta cueva con sus paredes de diamantes y oro. Salía de vez en cuando a nadar en un pequeño lago cercano, después de lo cual serpenteaba por el campo en busca de su presa. Cuando tenía hambre, rápidamente se ponía a trabajar, porque el monstruo era nada menos que una hidra (multicabeza).

Los habitantes de Villedieu y de los países vecinos se agotaron en vanos lamentos; sin embargo, la desesperación los inspiró a descubrir un camino de salvación. Se las ingeniaron para traer un gran tanque lleno de leche a la entrada de la cueva, que habían llenado a expensas comunidad.

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Una solución eficiente, pero….

El monstruo parecía satisfecho con el régimen inofensivo al que estaba siendo sometido. En primer lugar, se restauraron la paz y la seguridad. Pero un día, ya sea por olvido o por impotencia, los habitantes de Villedieu no proporcionaron a su anfitrión su ración habitual.

Nuestra serpiente, que durante algún tiempo no había sido lo suficientemente fuerte como para soportar un largo ayuno, se puso en camino, espoleada por la venganza y el hambre. Un joven apareció en su camino y lo devoró.

Este sobrino del señor de Bailleul, era tan querido por los vasallos como odiaban a su tío. Sin embargo, el Señor de Bailleul, a pesar de su conocida dureza, se entristeció profundamente por la muerte de su sobrino; juró que el día de las represalias no tardaría en llegar.

De monstruo a tirano, la guerra se encendió rápidamente, pero la planeada por el Barón de Bailleul requirió algunas preparaciones esenciales. El astuto señor comenzó el ataque con un truco bien calculado: hizo colocar dos ovejas en la entrada de la cueva y, además, llenó el tanque donde bebía el dragón, con brandy en lugar de leche.

Devoró las dos ovejas, acogiendo con beneplácito el hecho de que la lección dada a los habitantes de Villedieu produjera tales frutos; luego se durmió en la embriaguez de su éxito y en la cuba de coñac que había vaciado. Había llegado el momento de que el Señor de Bailleul se vengara.

El nuevo Hércules se pone su armadura

El Señor de Bailleul se dirigió directo a la cueva, sorprende al monstruo dormido, le pega con la espada un golpe tan terrible que empuja su cabeza principal hacia adentro. Pero esta sigue siendo lo suficientemente formidable como para entablar una fuerte batalla: ciega a su enemigo con el vómito de la llama que le arroja a la cara, y el barón de Bailleul, tan intrépido como era, retrocedió con horror.

Tan pronto como estaba afuera, se escuchó un espantoso crujido, como si la tierra se fuera a derrumbar bajo la furia del reptil; las rocas de Villedieu estallaron por todos lados y llenaron la llanura de enormes proyectiles; una lava fluyó hacia el lago, entonces la conmoción general se aplacó, y se restableció el silencio en esta escena de desastre.

Al día siguiente, los vasallos del Señor de Bailleul se acercaron temblorosos a este lugar desolado: encontraron el cuerpo del barón quemado en su armadura y, más felices de lo que se habían atrevido a esperar, fueron liberados de los dos monstruos que los tiranizaron: la serpiente y el barón.

Otro punto de vista

Jean-Frédéric Galeron, que también cuenta esta leyenda, ha diversificado algunos de los detalles de las historias de la gente local. He aquí una curiosa circunstancia de esta nueva narrativa. Cuando el padre de Bailleul propuso ir a luchar contra la serpiente, se cubrió con una armadura de hojalata e hizo lo mismo con su caballo.

Así cubierto, avanzó hacia la temida cueva. Cuando se encontró con el dragón, el caballo golpeó a su enemigo lo suficientemente fuerte como para asegurar su pérdida, pero el monstruo, en el exceso de su furia, vomitó tantas llamas que el caballo fue asfixiado.

Para empeorar las cosas, el caballo, en su pavor, intentando darse la vuelta, el pelo de su cola, que no había sido protegido bajo la armadura como el resto del cuerpo, se incendió en un instante; y el animal, así como el que llevaba, fueron completamente consumidos.

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Lo que queda de la leyenda

El agujero de la serpiente ya no tiene una gran profundidad, pero se dice que en el pasado se extendía a varias leguas alrededor del propio suelo, y se dice que todavía resuena bajo los escalones, en diferentes puntos del campo.

No hay duda de que la cueva avanza por todas partes, y se asegura que contiene grandes tesoros. Galerón también dio una interpretación particular de esta leyenda. Según él, recuerda una lucha entre religiones.

Entre los cantos rodados, hay uno muy prominente que se eleva por encima de la residencia del señor. Otros fragmentos dispersos parecen ser los restos de antiguos dólmenes rotos, símbolos de un culto pagano. A doscientos pasos, en la roca opuesta, se encuentra la iglesia de Villedieu, cuyo nombre revela una consagración cristiana.

La serpiente podría ser una imagen del culto profano; la niña que, según esta nueva tradición, fue entregada para ser devorara por la criatura, sería un recuerdo de horribles sacrificios; el caballero, un símbolo del culto triunfante. (Basado en “La Normandie romanesque et merveilleuse” publicado en 1845).

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